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Recuerdo que no hace mucho suspiraba pensando en este día maravilloso, ¡que bien! se acababa la semana laboral. Casi tiraba el portafolios, ¡hurra, yupi!, luego a pensar, ¿que voy ha hacer?, incluso me parecía buena idea no hacer absolutamente nada.

Esas tardes en el cine en la que la única preocupación era que no nos vieran los bultos de golosinas que llevábamos en los bolsos al pasar por la entrada.
Las cenas en la terraza de la marina, cuando nos juntábamos tantos amigos que ocupábamos casi todas las mesas.
El baile desenfrenado en las antiguas discotecas.

Y en verano el sol en la piscina, sus ojos negros en los mios y solos los dos a pesar de estar rodeados de tanta gente, allí no había nadie.

Hasta que “ellos” llegaron…. Sí, ¿porque no tenemos un niño?, vale me parece bien, y así uno tras otro. Y se acabo la paz. Esa decisión que te cambia la vida.

Se acabó la paz y la diversión, porque desde el momento en que tomas esa decisión la diversión es para ellos, el tiempo es para ellos, es así y no puede ser de otro modo, todo queda en un segundo plano, ya no eres Ana, eres “mama”, para tus hijos y para tu pareja. Te asignan atribuciones que quieres y que no quieres.

El problema es que para mi, por debajo de este nuevo cuerpo, sigo siendo la misma, a la que le gusta bailar, aunque ahora su pareja ya no haga ese esfuerzo porque ya no le merezca la pena, la que necesita libertad.

Y lo peor es que no te puedes quejar, ni contar tus penas, porque te dirán, “es lo que tu as querido”