Era una fría mañana en la que todo olía a fiesta, los besos sabían a mazapán y las calles eran lugares brillantes, llenas de oro y plata, los colores de la navidad.
La mañana era húmeda, la niebla tan espesa que se podía untar en la tostada de mi desayuno y seguramente también tendría el sabor a turrón.
Todo era aterradoramente idílico, perfecto e irreal, falso como una moneda de cuatro céntimos, porque en esa mañana faltaba tu risa y tu voz, solo estaba ante mi un muñeco sin vida, una marioneta movida por los hilos invisibles de un presente. No hay más tristeza que la ausencia del ser más querido, no hay más soledad que tener delante a un extraño, a quien adorabas y que cambió seguramente por tu culpa.
Las risas de los niños sonaban como coros celestiales mirando las guirnaldas, las bolas de vivos y llamativos colores, los gatos danzaban por toda la casa alegrando a cada paso, cada rincón, cada estancia, ¿será que ellos también saben que estamos en navidad?, son como los duendecillos del cuento del viejo zapatero.
Todos se quieren en navidad, acaso ¿no lo vamos a hacer tu y yo, como los demás?, si el ambiente es dulzón como los caramelos, si las palabras son bellas en esta época, si esta historia empalagosa no deja lugar para el odio y el rencor, lo más normal no sería amarse en navidad. Si los besos saben a mazapán quiero que los tuyos sepan a promesa.
Felices fiestas a todos, ojalá que nadie se sienta solo estas fiestas.














